Tengo una cierta y constante fortuna en encontrarme moneditas en la calle. Tal vez, debiera decir: "Tengo una cierta y constante habilidad para ver en cualquier lugar de la calle moneditas caídas". O a lo mejor decir esto: "Tengo el coraje suficiente para recoger de la calle las moneditas que andá a saber vos a quién se le cayeron". Como sea, las moneditas, con mucha frecuencia, se cruzan en mi camino y yo, por supuesto, las junto. Muy raras veces no son moneditas de cinco o diez centavos. ¿Será por que son tan ínfimas que se encuentran más que las de veinticinco, cincuenta o un peso porque nadie tiene ganas de jorobarse el nervio ciático por cinco o diez centavos?
Recuerdo que una vez, un amigo mío solía decir que tenía dos duendes tutelares: Ix y Ox y que éstos también solían ponerles moneditas en el camino y así fue que una vez se encontró en un trayecto de cien metros, unos treinta centavos en la época del uno a uno. Para aquel entonces, treinta centavos eran tres cigarrillos, hoy no son ni medio cigarrillo. Es más romántico atribuir el encuentro de ínfimos valores pecuniarios a un par de duendes que a un bolsillo roto. Por contrapartida Ix y Ox hubieran pedido como recompensa por regalar esos pequeños valores, tan sólo poder se creídos por mi amigo. Con eso les alcanzaba para ponerles moneditas en el camino.
De chiquito siempre ansié por meterme en las fuentes y llevarme las monedas que la gente tiraba pidiendo tres deseos, por supuesto, mis padres jamás me dejaron. Hoy ya no podría cumplir ese viejo anhelo, puesto en las fuentes ya no hay ni monedas ni gente que pida tres deseos.
Por contrapartida, hoy en día me sigo encontrando moneditas muy seguidamente. Debo de tener un duente tutelar, pero no se le dio de presentarse aún...
viernes, 9 de octubre de 2009
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