Desde la calle oigo gritos. Son dos
personas peleándose. Mejor dicho, son dos seres que eran humanos y
ahora son animales con rasgos de humanidad. Uno es un therian que
cruzaba la calle. El otro un Golem. Una auténtica y corpórea
escultura precolombina en pelo mota al comando de un Fiat Duna. Una
cosa enorme en mameluco que debió frenar en seco para no atropellar
al autopercibido zorrino. El grácil animalito posiblemente debido al
susto, un poco se acordó que era humano y comenzó a insultar al
totémico conductor del Duna quien, quizás cansado de trabajar 16
horas por día, por un magro sueldo en negro licuado desde hace dos
años y medio saca de algún recóndito lugar del Duna un árbol de
levas oxidado y, furioso como un toro lastimado, acomete al therian
quien ágilmente esquivaba los fierrazos con saltitos coreografiados
sacados de un tutorial de youtube.
La
violenta danza comienza a congregar a los transeúntes que pasaban
por ahí, quienes, lejos intentar dar punto final a la contienda
arman un círculo en torno a los púgiles. La esquina se convierte de
repente en un improvisado coliseo romano que pide pan y circo. Los
espectadores no ven con sus propios ojos el combate, sino que lo
hacen a través de sus celulares grabando n a los improvisados
gladiadores desplegando sus estrategias de combate.
Hace cuarenta y dos de térmica y un heladero se aposta en el lugar.
En un santiamén el público que no se dedica a filmar la lid de
combate, le liquida todo el fresco contenido de su caja de telgopor.
En el parque no había vendido nada porque estaba lleno de Therians
- que no comen helados – y si estaba lleno de gente que estaba
impedida de darse un gustito mínimo. El publico mira la arena de
combate. Sus lenguas chupan con fruición el palito frutal, el palito
bombón, el conogol y el sin parar. La violencia da calor. Es
necesario mitigar tanta sed con cremosa dulzura. Chupar, chupar para
esperar el desenlace. Filmar, filmar para recibir el pulgar arriba de
los contactos y procurar no olvidar el momento cúlmine del pulgar
abajo. Todo el público filma, todo el publico chupa frescura, y
otros gritan en favor de tal o cual campeón. Pero mejor volvamos a
nuestra pelea…
El
therian hace todo por sobrevivir. La mole hace todo lo posible para
matar al therian, para poder descargar años de resentimiento
acumulado que estalló por una mínima chispa que colmó toda esa
bronca almacenada que apenas lograba salir de a cuentagotas en los
partidos de fútbol con los compañeros del trabajo donde las
puteadas, los hachazos al talón y los empujones estaban a la orden
del día pero nunca pasaban a mayores porque el tercer tiempo del
asado se hacía esperar. El fútbol es el cable a tierra de los
reventados por el sistema. Pero volvamos a la pelea otra vez…
El
pan y el circo ya no alcanzan. La sed se anuncia en forma imperativa.
Todos quieren matar la sed con sangre. Mas la pelea se extiende sin
solución entre Therian y el Gólem. El primero es ágil como el
viento, etéreo, difuminado, un junco estremecido por la brisa. El
Golem, por el contrario adrenalina desencadenada en todos los
músculos tensos y brutales que revoleaban el denso fierro ofensivo.
El therian no ataca, busca el desgaste, El otro busca el acierto
fatal que, como una eyaculación, descargue toda la frustración de
ser un reventado por el sistema.
Pero
falta el vino sagrado, la sangría tan deseada, la cereza del postre,
el rubí de la corona. “Apuren por favor, que no tenemos batería”
se oía con frecuencia desde la marea humana que circunvalaba el
show. Todo sería debidamente registrado, documento y subido a las
“social media”.
La
rueda de la fortuna, finalmente, giró en beneficio de la estatua
primitiva. Un certero arbolazo de levas acertó al medio del cuerpo
del Therian partiéndolo en dos medias res y salpicando a todo al
público quien jamás se enteró del roció rubí que los teñía de
sangre animal. El ciclópeo goliat, teñido de gloriam alcanzó el
Olimpo de su saciedad. Se había vaciado de sí en culminando esa
especie de justicia animal por garra propia. Allí quedó parado,
carente de sentido y de propósito en ese mismo instante. El Gólem
había conquistado su pequeño Everest y el futuro, esa cosa que
hacemos ahora, había concluido para sí. Un paro cardíaco lo
convirtió en un símbolo absoluto de estos tiempos brutales y
prehumanos.
El
improvisado Coliseo, terminada la justa, se desarmó tan rápido como
se armó. La gente se fue por donde vino y se fue adonde iba a ir.
Tal
como sucede en el mundo animal.
21/02/206