sábado, 21 de febrero de 2026

MUNDO ANIMAL

 Desde la calle oigo gritos. Son dos personas peleándose. Mejor dicho, son dos seres que eran humanos y ahora son animales con rasgos de humanidad. Uno es un therian que cruzaba la calle. El otro un Golem. Una auténtica y corpórea escultura precolombina en pelo mota al comando de un Fiat Duna. Una cosa enorme en mameluco que debió frenar en seco para no atropellar al autopercibido zorrino. El grácil animalito posiblemente debido al susto, un poco se acordó que era humano y comenzó a insultar al totémico conductor del Duna quien, quizás cansado de trabajar 16 horas por día, por un magro sueldo en negro licuado desde hace dos años y medio saca de algún recóndito lugar del Duna un árbol de levas oxidado y, furioso como un toro lastimado, acomete al therian quien ágilmente esquivaba los fierrazos con saltitos coreografiados sacados de un tutorial de youtube.


La violenta danza comienza a congregar a los transeúntes que pasaban por ahí, quienes, lejos intentar dar punto final a la contienda arman un círculo en torno a los púgiles. La esquina se convierte de repente en un improvisado coliseo romano que pide pan y circo. Los espectadores no ven con sus propios ojos el combate, sino que lo hacen a través de sus celulares grabando n a los improvisados gladiadores desplegando sus estrategias de combate.


Hace cuarenta y dos de térmica y un heladero se aposta en el lugar. En un santiamén el público que no se dedica a filmar la lid de combate, le liquida todo el fresco contenido de su caja de telgopor. En el parque no había vendido nada porque estaba lleno de Therians - que no comen helados – y si estaba lleno de gente que estaba impedida de darse un gustito mínimo. El publico mira la arena de combate. Sus lenguas chupan con fruición el palito frutal, el palito bombón, el conogol y el sin parar. La violencia da calor. Es necesario mitigar tanta sed con cremosa dulzura. Chupar, chupar para esperar el desenlace. Filmar, filmar para recibir el pulgar arriba de los contactos y procurar no olvidar el momento cúlmine del pulgar abajo. Todo el público filma, todo el publico chupa frescura, y otros gritan en favor de tal o cual campeón. Pero mejor volvamos a nuestra pelea…


El therian hace todo por sobrevivir. La mole hace todo lo posible para matar al therian, para poder descargar años de resentimiento acumulado que estalló por una mínima chispa que colmó toda esa bronca almacenada que apenas lograba salir de a cuentagotas en los partidos de fútbol con los compañeros del trabajo donde las puteadas, los hachazos al talón y los empujones estaban a la orden del día pero nunca pasaban a mayores porque el tercer tiempo del asado se hacía esperar. El fútbol es el cable a tierra de los reventados por el sistema. Pero volvamos a la pelea otra vez…


El pan y el circo ya no alcanzan. La sed se anuncia en forma imperativa. Todos quieren matar la sed con sangre. Mas la pelea se extiende sin solución entre Therian y el Gólem. El primero es ágil como el viento, etéreo, difuminado, un junco estremecido por la brisa. El Golem, por el contrario adrenalina desencadenada en todos los músculos tensos y brutales que revoleaban el denso fierro ofensivo. El therian no ataca, busca el desgaste, El otro busca el acierto fatal que, como una eyaculación, descargue toda la frustración de ser un reventado por el sistema.


Pero falta el vino sagrado, la sangría tan deseada, la cereza del postre, el rubí de la corona. “Apuren por favor, que no tenemos batería” se oía con frecuencia desde la marea humana que circunvalaba el show. Todo sería debidamente registrado, documento y subido a las “social media”.


La rueda de la fortuna, finalmente, giró en beneficio de la estatua primitiva. Un certero arbolazo de levas acertó al medio del cuerpo del Therian partiéndolo en dos medias res y salpicando a todo al público quien jamás se enteró del roció rubí que los teñía de sangre animal. El ciclópeo goliat, teñido de gloriam alcanzó el Olimpo de su saciedad. Se había vaciado de sí en culminando esa especie de justicia animal por garra propia. Allí quedó parado, carente de sentido y de propósito en ese mismo instante. El Gólem había conquistado su pequeño Everest y el futuro, esa cosa que hacemos ahora, había concluido para sí. Un paro cardíaco lo convirtió en un símbolo absoluto de estos tiempos brutales y prehumanos.


El improvisado Coliseo, terminada la justa, se desarmó tan rápido como se armó. La gente se fue por donde vino y se fue adonde iba a ir.


Tal como sucede en el mundo animal.


21/02/206

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