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n día de un fin
de semana de un enero de algún año final de la década del 90. Un verano imperdonable. Tenía mucha juventud,
la cual era inversamente proporcional a mi poder adquisitivo. Unas vacaciones
no estaban a mi alcancen por lo cual solo quedaba fingir demencia y hacer de las
islas entrerrianas mi Miami mental. Allí estaba con unos amigos, fingiendo demencia
mientras nos encontrábamos rodeados de cientos de apéndices de humanidad haciendo
justo holocausto etílico al dios Helatodo quien, desde sus tripas heladas,
ofrecía alcoholes frescos a quienes les imploraban unos grados de temperatura.
De las heladas entrañas del torso azul de la deidad surgían diversas sustancias
que empalagaban los gaznates de sus acólitos.
Alisales, camalotes,
arena en el culo, lodo en las patas, cerveza Palermo de a pico entre tres y cumbias
sonando en bafles desconados. Allí estábamos nosotros. Tres mocosos insolados
con una resaca olvidable de una noche de furia alcohólica y sumado al sopor de
un arroz con salsa al mediodía con 35 de térmica antes de zarpar para este lado
en el bondi lancha del pueblo. Nuestra única vitualla era una toalla y
algo de plata que era muy poca.
Así pasábamos la tarde, una remojada, una
sudada, y buscar un poco de escasa sombra para así flotar y transcurrir. El calor
no daba ni para dormir y como suelo aburrirme, opté por dedicarme a practicar una
suerte de sociología barata, amplia de subjetividad y pobre de fundamento.
Busqué un objeto de estudio y lo encontré.
Un poco más
allá, cerca de una desdibujada cancha de beach vóley un conglomerado de
apéndices de humanidad celebraban una de esas fanfarrias saturnales que suelen
verse en las barriadas explayadas a lo largo de un kilométrico tablón, sólo que
esta vez el evento se trasladó para estos aluviones. Un cumpleaños entonado de
vino blanco fresco para los grandes y fernet noventa diez para los más chicos.
La familia. Nada más lindo que festejar
con la familia. Nunca mejor excusa para reunir a todos de una sola vez. Se
festejaba allí los setenta del abuelo. Adiviné rápidamente al festejado. Estaba
jugando al vóley con una pelota de fútbol N° 5 con los yernos y las nueras.
Cinco contra cinco en equipos mixtos. Lo que se decía un partido de vóley era
más bien un intento de cagarse a pelotazos entre todos y entre todos caerse a
la arena para empanarse como unas milanesas siniestras y aceitosas que no
paraban de freírse al sol entre risas ahienadas.
Calculé que toda
la familia habría ocupado dos lanchas tranquilamente. Lo que no pude calcular
es cómo hicieron para llevar todas esas conservadoras y toda la comida para
tantas personas. Pero la solidaridad todo lo puede a la hora de los festejos
sagrados. Los cumpleaños de los abuelos lo son. Son códigos que no se
quebrantan porque no se sabe si el día de mañana lo tenés al viejo sentado en
la mesa y el tiempo no vuelve. Allí tenían que estar todos. Unos se tragarán el
orgullo, otros se aguantarán sin salieron de farra, pero en el cumpleaños tenés
que estar sí o sí. Entretanto el partido transcurría y terminó en singular
manera. En un momento del partido el agasajado voleó la pelota y se cayó de modo
tal que se le bajó el pantalón. Todos
los veraneantes tuvimos la dicha de verle la raya del culo blanco y la
escarapela patriarcal asoleándose gallarda al sol. Ese cuadro apoteótico marcó
el final de la justa deportiva con toda la familia riéndose y el abuelo feliz
de mostrar su mejor faz toda su familia. Un tanto, un trago, fin del partido y
remojada en la orilla mientras seguían las chanzas en derredor al trasero del viejo
y su cucarda patria oteada por todos
La fiesta
seguía. El abuelo meneaba la buzarda, se bamboleaba al sol con la camisa
desprendida, el short de boca juniors y las ojotas de rambo. Bailaba el patriarca.
Bailaba con sus cuatro pelos locos desorganizados, el pelo del pecho blanco
como la nieve y un fondo blanco de talacasto hervido en su garguero. Estaban
todos, sus hermanos, sus hijos, sus nietos, las nueras, las yernas y los
consuegros. El calor de la cumbia, el calor de la familia, el calor del pedo
recalcitrante y nuevamente las risas por el affaire del culo al aire. “Sujetate
el lienzo viejo choto” “Te falto tomar solcito ahí goloso” “Sos una Oreo,
cabeza de cebolla”. Luego comenzó
una corrida entre borrachos. Una popa en pedo donde los hombres jugaban a
tocarse el culo. Cosas que uno oía y veía desde donde estaba sin poder dar más
crédito del que se creía posible.
Así las cosas, allá
a lo lejos, el sur venía a traer justicia sino divina, al menos climática.
Nubes negras. Relámpagos. El aire cargado de electrolitos y un vientito
ardiente que ya tenía vetas de frescura. Calculé con suerte una hora antes de
que la tormenta nos agarre de este lado del río. El abuelo vio la tormenta y
peló su chota en dirección al sur. “Agarrame ésta” le dijo riéndose al
solemne cumulonimbo que venía directo a su festejo. Para ese entonces el chupi
comenzaba a mermar y la familia, un poco menos efusiva y más rescatada comenzó
a juntar las cosas sintiendo la inminencia del meteoro.
Para ese entonces miraba todo desde la cola
para tomar la lancha de regreso. No teníamos ganas de quedarnos a ver llover lejos
de casa. El Paraná comenzaba a picarse de un modo muy interesante. Las mujeres
con los nenes ya estaban en la fila. Ellos solos ya sumaban cincuenta metros.
La música no paraba y el abuelo tampoco. La chota derrotada del viejo seguía a
la vista de todos ostentando un movimiento pendular como un badajo de campana. Como
pudieron los yernos le subieron los pantalones y lo llevaron en andas a la fila
de la lancha.
Nunca supe, a
pesar de la distancia que había en la cola, de cómo logró subir el viejo a la
misma lancha que nosotros. Cuando zarpamos del muelle el río estaba bastante
picado. Pero el abuelo estaba más picado todavía. Ajeno a todo, ajeno a todos,
seguía desarrollando sobre la cubierta del bejuco sus saturnales sujeto con una
mano a la baranda de la lancha. Nunca había visto a un tipo tan feliz y presto
a la joda en aguas tan picadas. La humilde barca surcaba como una cáscara las
aguas embravecidas del río marrón.
Indiferente al tiempo y al espacio el abuelo bailaba
una cumbia que solo existía en su cabeza. Los yernos, totalmente de la nuca, lo
arengaban y el viejo descamisado seguía ostentando su buzarda como un signo
heráldico tercermundista. Imagino esa panza llena de vino blanco fresco como
uno de esos odres de cuero en los cuales los antiguos almacenaban sus vinos.
Imagino ese vino en ese estómago mezclado con unos cuantos choripanes, una que
otra cerveza y unos gajos de sandía. Imagino ese esperpento gástrico lo
suficientemente aplomado en las tripas como para que el cuerpo del viejo nunca
haya podido ser rescatado por prefectura luego de caerse del barco al querer
hacer un paso prohibido justo cuando una ola sacudió la lancha haciendo que el
abuelo culmine el último festejo de su último cumpleaños en los más profundo
del río mientras en su cabeza sonaba esa cumbia que sólo el escuchaba vibrar en
su delirio.