domingo, 7 de julio de 2024

EL ABUELO

 

U

n día de un fin de semana de un enero de algún año final de la década del 90.  Un verano imperdonable. Tenía mucha juventud, la cual era inversamente proporcional a mi poder adquisitivo. Unas vacaciones no estaban a mi alcancen por lo cual solo quedaba fingir demencia y hacer de las islas entrerrianas mi Miami mental. Allí estaba con unos amigos, fingiendo demencia mientras nos encontrábamos rodeados de cientos de apéndices de humanidad haciendo justo holocausto etílico al dios Helatodo quien, desde sus tripas heladas, ofrecía alcoholes frescos a quienes les imploraban unos grados de temperatura. De las heladas entrañas del torso azul de la deidad surgían diversas sustancias que empalagaban los gaznates de sus acólitos.

Alisales, camalotes, arena en el culo, lodo en las patas, cerveza Palermo de a pico entre tres y cumbias sonando en bafles desconados. Allí estábamos nosotros. Tres mocosos insolados con una resaca olvidable de una noche de furia alcohólica y sumado al sopor de un arroz con salsa al mediodía con 35 de térmica antes de zarpar para este lado en el bondi lancha del pueblo. Nuestra única vitualla era una toalla y algo de plata que era muy poca.

 Así pasábamos la tarde, una remojada, una sudada, y buscar un poco de escasa sombra para así flotar y transcurrir. El calor no daba ni para dormir y como suelo aburrirme, opté por dedicarme a practicar una suerte de sociología barata, amplia de subjetividad y pobre de fundamento. Busqué un objeto de estudio y lo encontré.

Un poco más allá, cerca de una desdibujada cancha de beach vóley un conglomerado de apéndices de humanidad celebraban una de esas fanfarrias saturnales que suelen verse en las barriadas explayadas a lo largo de un kilométrico tablón, sólo que esta vez el evento se trasladó para estos aluviones. Un cumpleaños entonado de vino blanco fresco para los grandes y fernet noventa diez para los más chicos. La familia.  Nada más lindo que festejar con la familia. Nunca mejor excusa para reunir a todos de una sola vez. Se festejaba allí los setenta del abuelo. Adiviné rápidamente al festejado. Estaba jugando al vóley con una pelota de fútbol N° 5 con los yernos y las nueras. Cinco contra cinco en equipos mixtos. Lo que se decía un partido de vóley era más bien un intento de cagarse a pelotazos entre todos y entre todos caerse a la arena para empanarse como unas milanesas siniestras y aceitosas que no paraban de freírse al sol entre risas ahienadas.

Calculé que toda la familia habría ocupado dos lanchas tranquilamente. Lo que no pude calcular es cómo hicieron para llevar todas esas conservadoras y toda la comida para tantas personas. Pero la solidaridad todo lo puede a la hora de los festejos sagrados. Los cumpleaños de los abuelos lo son. Son códigos que no se quebrantan porque no se sabe si el día de mañana lo tenés al viejo sentado en la mesa y el tiempo no vuelve. Allí tenían que estar todos. Unos se tragarán el orgullo, otros se aguantarán sin salieron de farra, pero en el cumpleaños tenés que estar sí o sí. Entretanto el partido transcurría y terminó en singular manera. En un momento del partido el agasajado voleó la pelota y se cayó de modo tal que se le bajó el pantalón.  Todos los veraneantes tuvimos la dicha de verle la raya del culo blanco y la escarapela patriarcal asoleándose gallarda al sol. Ese cuadro apoteótico marcó el final de la justa deportiva con toda la familia riéndose y el abuelo feliz de mostrar su mejor faz toda su familia. Un tanto, un trago, fin del partido y remojada en la orilla mientras seguían las chanzas en derredor al trasero del viejo y su cucarda patria oteada por todos

La fiesta seguía. El abuelo meneaba la buzarda, se bamboleaba al sol con la camisa desprendida, el short de boca juniors y las ojotas de rambo. Bailaba el patriarca. Bailaba con sus cuatro pelos locos desorganizados, el pelo del pecho blanco como la nieve y un fondo blanco de talacasto hervido en su garguero. Estaban todos, sus hermanos, sus hijos, sus nietos, las nueras, las yernas y los consuegros. El calor de la cumbia, el calor de la familia, el calor del pedo recalcitrante y nuevamente las risas por el affaire del culo al aire. “Sujetate el lienzo viejo choto” “Te falto tomar solcito ahí goloso” “Sos una Oreo, cabeza de cebolla”.  Luego comenzó una corrida entre borrachos. Una popa en pedo donde los hombres jugaban a tocarse el culo. Cosas que uno oía y veía desde donde estaba sin poder dar más crédito del que se creía posible.

Así las cosas, allá a lo lejos, el sur venía a traer justicia sino divina, al menos climática. Nubes negras. Relámpagos. El aire cargado de electrolitos y un vientito ardiente que ya tenía vetas de frescura. Calculé con suerte una hora antes de que la tormenta nos agarre de este lado del río. El abuelo vio la tormenta y peló su chota en dirección al sur. “Agarrame ésta” le dijo riéndose al solemne cumulonimbo que venía directo a su festejo. Para ese entonces el chupi comenzaba a mermar y la familia, un poco menos efusiva y más rescatada comenzó a juntar las cosas sintiendo la inminencia del meteoro.

 Para ese entonces miraba todo desde la cola para tomar la lancha de regreso. No teníamos ganas de quedarnos a ver llover lejos de casa. El Paraná comenzaba a picarse de un modo muy interesante. Las mujeres con los nenes ya estaban en la fila. Ellos solos ya sumaban cincuenta metros. La música no paraba y el abuelo tampoco. La chota derrotada del viejo seguía a la vista de todos ostentando un movimiento pendular como un badajo de campana. Como pudieron los yernos le subieron los pantalones y lo llevaron en andas a la fila de la lancha.

Nunca supe, a pesar de la distancia que había en la cola, de cómo logró subir el viejo a la misma lancha que nosotros. Cuando zarpamos del muelle el río estaba bastante picado. Pero el abuelo estaba más picado todavía. Ajeno a todo, ajeno a todos, seguía desarrollando sobre la cubierta del bejuco sus saturnales sujeto con una mano a la baranda de la lancha. Nunca había visto a un tipo tan feliz y presto a la joda en aguas tan picadas. La humilde barca surcaba como una cáscara las aguas embravecidas del río marrón.

 Indiferente al tiempo y al espacio el abuelo bailaba una cumbia que solo existía en su cabeza. Los yernos, totalmente de la nuca, lo arengaban y el viejo descamisado seguía ostentando su buzarda como un signo heráldico tercermundista. Imagino esa panza llena de vino blanco fresco como uno de esos odres de cuero en los cuales los antiguos almacenaban sus vinos. Imagino ese vino en ese estómago mezclado con unos cuantos choripanes, una que otra cerveza y unos gajos de sandía. Imagino ese esperpento gástrico lo suficientemente aplomado en las tripas como para que el cuerpo del viejo nunca haya podido ser rescatado por prefectura luego de caerse del barco al querer hacer un paso prohibido justo cuando una ola sacudió la lancha haciendo que el abuelo culmine el último festejo de su último cumpleaños en los más profundo del río mientras en su cabeza sonaba esa cumbia que sólo el escuchaba vibrar en su delirio.

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