Escribo esto totalmente borracho y con Horacio Guarany de fondo cantando en el Festival de Jesús María. Así debo empezar a dar señales de vida en este segundo escrito del año 2010, enredrados en este bicentenario de necesidad y urgencia puntero en un Dakar que se corre por un desierto de inconsciencia. O sea, este es el primer escrito posta post del 2010. El poema introductus que precede a este registro data del 2004 y ha de ser la tercera vez que aparece por acá. Me parecio bien ponerlo, es un poema que me gusta, esta bien escrito y dice lo que quiere decir. No necesito otra justificación para decir porqué lo puse para comenzar el año. No me gusta poner cosas de otro tiempo, pero a veces cavilo y me digo: "Mariano, las cosas que escribís de nada vale tenerlas guardadas para que nadie las vea, aunque sea ponelas en tu blog disponibles para algunos ojos de algún ser en algún lugar. Más vale una hoja al viento que una hoja en un solo lugar, más vale palabras al viento que palabras que no han de volar".
Es que el mundo, mis queridos lectores, me cansa, me harta, estoy tan podrido de la realidad que deseo evadirme de ella no contándola. Estoy cansado, cansado de la imitación que limita la inventiva, estoy cansado de los artistas que con su arte busca imitar a la naturaleza. Esos tipos serviles no son más que unos serviles lacayos imitadores de lo que ya existe. Estoy cansado de las reglas y de los que dicen que hay que seguir las reglas para romperlas. Basta, basta de reglas, basta de mesiánicos seres humanos que dictan tiranas normativas. Ellos nada nos tienen que dar, seremos nosotros los que querramos aprender de ellos si así lo deseamos. Para crear, hay que escupir a la realidad, y también violarla si es posible.
Es que anoche vimos a un ganso mutilado por una tortuga en el lago del Parque Nacional de la Agricultura. La noche apretada, nubosa y anaranjada de lámparas de sodio presagiaba cosas insólitas a nuestros ojos. A metros de nuestra ubicación un sauce llorón repleto de chicharras (cigarras, para los esnobs y fabulistas) cantaba su verdor húmedo y gotoso de lluvia temprana. Era una sinfonía de hospital psiquiátrico aquel lugar lleno de barro y de un pasto que, como decirlo apropiadamente, un pasto que estaba a full, recaliente, el pasto masculino con el pene atacado por una especie de rabia lúbrica y los pastos femeninos, "pastas", totalmente mojadas y abiertas de par en par, enloquecidas por fornicar en cualquier momento. Nosotros estábamos ahí, fumando unos cigarros holandeses con sabor esclavo colonialista explotado en una plantación de tabaco antillana manufacturada y comercializada en la Liga Hanseática. Era todo muy terrible, tan pesado estaba el ambiente que debíamos tener cuidado en que el humo de los cigarros no caigan como ladrillos en nuestros pies aplastándolos. El aire estaba oxidado y fungoso, contaminado de bichos cascarudos y catangas, raramente había mosquitos invasores que nos jorobasen las existencias. Una islita en medio del lago albergaba a unos patos y gansos que graznaban pajerosamente bajo las vacilantes formas de las nubes bajas y pringosas que de a ratos tapaban la luz ahogada de las anoréxicas estrellas. En un momento apareció un movil de la policía provincial que se estableció detrás de unos arbustos. Temíamos que confundan el humo con OTRA COSA y que nos esten vigilando por nuestra extraña actividad nocturna: fumar un par de cigarros primermundistas manufacturados con elementos del tercermundo. Entretanto el pato no podía moverse puesto que ya no tenía sus patitas, devoradas por esa tortuga famélica. Fue justo en ese momento en que una jauría de lochas que saltó desde los pastos terminó de devorarse los restos del pato no dejando ni las plumas. Fue allí que percibimos que el ambiente estaba un tanto rarificado por diversas circunstancias dadas en el ecosistema que nos rodeaba. Notamos que el pico del Aconcagua tenía una especies de luces de neón que nos pareció que "no daba". Aprovechamos que el guardia estaba tocando en el piano el tercer concierto de Rachmaninoff y nos fuimos a caminar un rato cuando tuvimos la certeza de que no nos bajaria la presión por habernos fumado esos cigarros. Para ese entonces, las chicharras aullaban enloquecidas, los pastos estaban fornicando a cuatro manos y los bichos, las lochas. las tortugas y los patos eran una gran bola de seres vivos dándose masa entre sí. Cruzamos el puente, el auto de la policía arrancó, temimos desaparecer en sus fauces porque escuchamos desde su auto que salía la marcha "la avenida de las Camelias" música apropiada para hacer desaparecer forzadamente a personas. Por suerte, la policía, como debía ser, se sumó a la orgía animal del lago y no nos siguió. Optamos por irnos porque el ambiente natural estaba sumamente alterado por tanta sensualidad manifiesta. A lo lejos la bola sexual crecía y creía. Era un ente húmedo y luminoso, un huevo de lujuria empollado por el calor tropical y cumbianchero que transpiraba la ciudad de lo último que se pierde. Zafamos por un pelito que nos viole un sorgo de alepo que, entre nosotros y le orgía a lo lejos optó por lo último y allí fue a plegarse disciplinadamente. Para ese entonces caminamos como en la maratón de los juegos olímpicos de Atlanta. No sentimos huyendo del Macondo de Cien Años de Soledad. Cuando llegamos a la casa de W. unas copas de aguardiente de caña "Velho Bermelho" nos hizo olvidar de esos momentos, rodeados de la seguridad del cemento urbano. A lo mejor quisimos olvidarnos de qué se estaría gestando en ese momento en aquel lugar.
Esto es todo lo que puedo recordar. Horacio Guarani ya dejo de cantar y es la medianoche. No temo por mi, temo por mi vida. Los quiero mucho. Si algo me llega a pasar ya saben qué hacer.
Es que el mundo, mis queridos lectores, me cansa, me harta, estoy tan podrido de la realidad que deseo evadirme de ella no contándola. Estoy cansado, cansado de la imitación que limita la inventiva, estoy cansado de los artistas que con su arte busca imitar a la naturaleza. Esos tipos serviles no son más que unos serviles lacayos imitadores de lo que ya existe. Estoy cansado de las reglas y de los que dicen que hay que seguir las reglas para romperlas. Basta, basta de reglas, basta de mesiánicos seres humanos que dictan tiranas normativas. Ellos nada nos tienen que dar, seremos nosotros los que querramos aprender de ellos si así lo deseamos. Para crear, hay que escupir a la realidad, y también violarla si es posible.
Es que anoche vimos a un ganso mutilado por una tortuga en el lago del Parque Nacional de la Agricultura. La noche apretada, nubosa y anaranjada de lámparas de sodio presagiaba cosas insólitas a nuestros ojos. A metros de nuestra ubicación un sauce llorón repleto de chicharras (cigarras, para los esnobs y fabulistas) cantaba su verdor húmedo y gotoso de lluvia temprana. Era una sinfonía de hospital psiquiátrico aquel lugar lleno de barro y de un pasto que, como decirlo apropiadamente, un pasto que estaba a full, recaliente, el pasto masculino con el pene atacado por una especie de rabia lúbrica y los pastos femeninos, "pastas", totalmente mojadas y abiertas de par en par, enloquecidas por fornicar en cualquier momento. Nosotros estábamos ahí, fumando unos cigarros holandeses con sabor esclavo colonialista explotado en una plantación de tabaco antillana manufacturada y comercializada en la Liga Hanseática. Era todo muy terrible, tan pesado estaba el ambiente que debíamos tener cuidado en que el humo de los cigarros no caigan como ladrillos en nuestros pies aplastándolos. El aire estaba oxidado y fungoso, contaminado de bichos cascarudos y catangas, raramente había mosquitos invasores que nos jorobasen las existencias. Una islita en medio del lago albergaba a unos patos y gansos que graznaban pajerosamente bajo las vacilantes formas de las nubes bajas y pringosas que de a ratos tapaban la luz ahogada de las anoréxicas estrellas. En un momento apareció un movil de la policía provincial que se estableció detrás de unos arbustos. Temíamos que confundan el humo con OTRA COSA y que nos esten vigilando por nuestra extraña actividad nocturna: fumar un par de cigarros primermundistas manufacturados con elementos del tercermundo. Entretanto el pato no podía moverse puesto que ya no tenía sus patitas, devoradas por esa tortuga famélica. Fue justo en ese momento en que una jauría de lochas que saltó desde los pastos terminó de devorarse los restos del pato no dejando ni las plumas. Fue allí que percibimos que el ambiente estaba un tanto rarificado por diversas circunstancias dadas en el ecosistema que nos rodeaba. Notamos que el pico del Aconcagua tenía una especies de luces de neón que nos pareció que "no daba". Aprovechamos que el guardia estaba tocando en el piano el tercer concierto de Rachmaninoff y nos fuimos a caminar un rato cuando tuvimos la certeza de que no nos bajaria la presión por habernos fumado esos cigarros. Para ese entonces, las chicharras aullaban enloquecidas, los pastos estaban fornicando a cuatro manos y los bichos, las lochas. las tortugas y los patos eran una gran bola de seres vivos dándose masa entre sí. Cruzamos el puente, el auto de la policía arrancó, temimos desaparecer en sus fauces porque escuchamos desde su auto que salía la marcha "la avenida de las Camelias" música apropiada para hacer desaparecer forzadamente a personas. Por suerte, la policía, como debía ser, se sumó a la orgía animal del lago y no nos siguió. Optamos por irnos porque el ambiente natural estaba sumamente alterado por tanta sensualidad manifiesta. A lo lejos la bola sexual crecía y creía. Era un ente húmedo y luminoso, un huevo de lujuria empollado por el calor tropical y cumbianchero que transpiraba la ciudad de lo último que se pierde. Zafamos por un pelito que nos viole un sorgo de alepo que, entre nosotros y le orgía a lo lejos optó por lo último y allí fue a plegarse disciplinadamente. Para ese entonces caminamos como en la maratón de los juegos olímpicos de Atlanta. No sentimos huyendo del Macondo de Cien Años de Soledad. Cuando llegamos a la casa de W. unas copas de aguardiente de caña "Velho Bermelho" nos hizo olvidar de esos momentos, rodeados de la seguridad del cemento urbano. A lo mejor quisimos olvidarnos de qué se estaría gestando en ese momento en aquel lugar.
Esto es todo lo que puedo recordar. Horacio Guarani ya dejo de cantar y es la medianoche. No temo por mi, temo por mi vida. Los quiero mucho. Si algo me llega a pasar ya saben qué hacer.
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