Para Alyx.
“Plugo a Dios bendecirme con esta mía integridad entre tantas famélicas humanidades derrotadas sobre la cubierta de los que antes de zarpar eran avezados marinos. Días enteros han pasado desde que bóreos y austros calmaron sus soplos y deshincharon la velamen de nuestro galeón impidiendo seguir camino. Días enteros de mar abajo y sol arriba y en el medio nosotros como una minúscula cáscara de nuez flotando a los caprichos de la corriente sin nada poder hacer al respecto. Tan obligada estancia ha obligado a racionar los insumos con lo que se había provisto nuestra nao en el puerto de Rotterdam pensando en un viaje menos duradero y más favorable, sobre todo lo que al agua dulce se trata. No obstante, aún al momento de escribir esto, contamos con el necesario aprovisionamiento de embutidos y chacinados, y de vez en cuando algún que otro pez. Y si bien la alimentación es escasa mas no inexistente, ha sobrevenido a casi toda la tripulación esa maldita plaga de encías sangrantes, de pelos crujientes y uñas quebradizas, que quita el hambre y el vigor y ¡Pobre del que una herida tuviere pues difícilmente deje de sangrar! A tres cuerpos ha debido el mar oficiar de sarcófago líquido en estos últimos dos días. Esos tres pobre desgraciados murieron desangrados por heridas que no debieran haber causado más que una cicatriz en otras circunstancias. Ah ¡Pero estas circunstancias, oh Dios mio! ¡Me encierro a escribir estas memorias para olvidar un poco el patético cuadro sobre la borda! ¡Esos dientes hirviendo en sangre, sus encías cubiertas de costra! ¡Las cuencas de sus ojos hundidas hasta el vaciamiento casi total! Vientres hinchados a punto de explotar bajo los rayos de ese sol que no conoce la piedad ni el consuelo a nuestros varados y castigados cuerpos. ¡Implórote señor, un soplo de tus etéreos hijos que nos saque de esta segura tumba! No poseo, aparte de mis constantes ruegos y súplicas hacia Ti para que nos beneficies, otra distracción que olvidar esta pavura que sumergir mis sentidos en hincar con desagrado unos gajos de limón de a momentos. Cuando este mundo que escribo se me hace insoportable, sólo vuelve a ser soportable luego de haber padecido el impío sabor de uno de estos frutos repugnantes que traje conmigo a fin de poder sembrar sus semillas en esas Indias que ahora me resultan tan lejanas como la idea se sembrar las semillas de este fruto que, en cierto modo, me salva de la locura y de la muerte que abunda sobre la cubierta. Si no me mata ese maldito demonio que tanto asola a los hombres de mar, seguramente me matará el sabor horrendo de uno de esos limones que a falta de otra cosa, uso de nepente en este flotante submundo de sangre y pudrición. Escribo esto el 23 de noviembre el año 1659 del Señor, mi nombre es – o ha sido, según – Luis de Andújar, navegante en tránsito del galeón “La Serenísima” en destino hacia el Puerto de Santo Domingo, quiera Nuestro Señor Jesucristo que así sea. Amén.”
Post Data: Nuestro Luis de Andújar, con menos una cincuentena de los marineros de “La Serenísima” llegó al puerto de Santo Domingo el 4 de diciembre de ese año. Para fortuna de ellos, al día siguiente de haber escrito su crónica, los vientos comenzaron a ser propicios luego de veinte días de inusual quietud de los vientos marítimos en medio del océano Atlántico. Quizás nuestro Luis, jamás supo ni pudo saber que esa fruta que tanto detestaba y usaba como narcótico para olvidar sus penurias, fue la que con sus vitaminas, lo salvó del ESCORBUTO, el “mal de los marineros” o “el mal de las naos” causado por la prolongada carencia de vitamina C y ácido ascórbico en las tripulaciones expuestas a prolongados viajes marítimos. En aquel viaje, perdieron la vida más de cuarenta personas.
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