Luego de los debates que se sucedieron a raíz de la sanción de la ley que permite que personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio me cabe preguntar qué sentido tiene que un Estado sostenga económicamente a una religión determinada. En Argentina, el artículo 2º de la Constitución Nacional prescribe que el Gobierno Nacional sostiene a la religión católica apostólica romana. Aclaremos que el "sostener" significa "bancar" y "bancar" es ayudar económicamente. Ergo, el Estado ayuda financieramente al Estado, y no solo con plata, sino también eximiéndolo de todos los impuestos habidos y por haber por serle atribuida a dicha Iglesia el carácter de persona de Derecho Público no estatal a través del artículo 33 del Código Civil.
Para sostener esta preferencia del Estado por una religión en lugar de otras se argumentarán motivos históricos por el rol fundante de la Nación de esta Iglesia según lo hayan interpretado los legisladores de 1853. De mi parte creo que, a esta altura de la historia de la humanidad hay más motivos para quitarles el sostén que para seguir dándoselo.
Entiendo que un Estado no puede sostener a una religión que no sea capaz de sostener la más mínima y respetuosa igualdad de derechos fundándose en interpretaciones anacrónicas de escrituras para ellos sagradas. Las Iglesias, entendidas como comunidades de fieles, y sus escrituras, no son más que construcciones humanas que no provienen de Dios, porque para ellos, simplemente, Dios es una construcción fundada justamente en su Iglesia y sus escrituras que justas configuran un dogma del cual se construye la religión. No hay religión sin dogma, pero es justamente el dogma el que repugna de la idea misma de Dios. Dios, no es susceptible de dogmas porque el sentir a Dios es una experiencia subjetiva que, aunque no parezca, debe huir de los dogmas que las religiones. Por esto creo que el Estado debe garantizar la libertad de cultos y nada más, sin distinción de religiones, sin prevalencias ni detrimentos.
Y yendo concretamente, a la Iglesia Católica Apostólica Romana, a raíz de su anacronismo, de constante negativa a reconocer la naturaleza humana del ser humano, dotado de pasiones, pulsiones y sentimientos, de su constante negativa a entender que el ser humano está dotado para disfrutar del placer sexual como le plazca y no solamente para procrear, una religión que somete a sus ministros a un celibato que, justamente, niega su naturaleza humana, que le impide coger y tener una pareja, que a raíz de esa negativa se generan lamentables casos de pederastía y abuso infantil que con el paso de los años va in crescendo y se hace cada vez más inocultable. Una religión que trata de enfermos a quienes sienten su sexualidad de otra manera o a quienes opinan diferentes respecto de sus dogmas y sus escrituras. Una religión que, directamente, no ama a su prójimo como se ama a sí misma, que no reconoce que los derechos son para todos, que no reconoce que un Estado legisla para todos y no para el grupo de "gente sana y notable de la ciudadanía". Una religión no debe ser sostenida por un Estado, pero mucho menos esta religión de la cual estoy hablando. La Iglesia Católica Apostólica Romana.
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