Marco creía que la existencia de cada persona es una melodía en constante ejecución, y también pensaba que alguien se ponía a silbar lo que en ese preciso instante se le ocurría o si en cualquier instrumento ejecutaba lo que le viniera en gana, esa persona podía darse el gusto de escuchar algunos sonidos de esa melodía que era. Acaso cabría preguntarse si Marco se preguntaba si alguien era capaz de escucharse a sí mismo aunque sea un poquito su propio tema. Y me atrevo a preguntarme si Marco se preguntaba más todavía: ¿Cuántas personas, hoy por hoy, podrían darse el gusto de saberse constante melodía que fluye incesante como un río que solo es silencio, tan solo silencio por que nadie quiere escucharse? Para escuchar nuestra propia canción hay que frenar el vértigo y el ruido, el apuro y el estruendo, suprimir la urgencia prescindible, lo impostergable perecedero. Buscar un poco de esa melodía nuestra, un poco de esa música, escucharnos un poco, aunque nos pegue más de la cuenta hacerlo, nos haría muy felices. Creo, me pregunto ¿Hubiera Marco podido responderse así a sí mismo?
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