Había sobrevivido a la desesperación, viéndolo, se podía afirmarlo sin titubeos. Ese modo de mirar el verde joven derramándose en suaves sobras sobre la vereda de la plaza eran de una mirada que supo ser tierra arrasada y ahora renace en tímidos brotes... verdes ojos jóvenes renaciendo de un leño carcomido, verlo era presenciar un milagro en sí mismo, se podía saber eso de solo mirarlo. El mundo tenía su verdadero color en sus ojos, había prescindido de la urgencia, de las fantasías, conoció el desierto de la soledad, se desgarró con zarzas de quimeras, supo tanto de la hipocresía que conoció la verdad, la suya, pero su verdad. Al menos se sabía que vivía sin mentiras. Y uno podía darse cuenta por su sonrisa. Ese hombre era feliz sin motivo para serlo. Había sobrevivido a los motivos para ser feliz. Era feliz. De verlo ver, uno, hasta sin querer, podía saberlo.
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