Después de muertos nos transformamos en lo que para otros nunca fuimos. El misterio de la muerte es la piedra filosofal de una alquimia que transmuta posiciones y oposiciones. En vida enemigos, en muerte amigos, en vida improperios, en muerte elogios, en vida pendencieros, en la muerte compañeros, en la vida desearle la muerte, en la muerte desearle la vida. Eramos todos tan malos y ahora somos todos tan buenos. La muerte nos cambia a todos, menos al muerto que no puede pegar la vuelta para ver cómo cambiaron todos.
Es por eso que me da asco ver que a muchos les duela una muerte que más de una vez desearon. Me da asco que la muerte transforme las convicciones y las palabras. Eramos todos tan hijos de puta y una vez muertos eramos grandes personas. Pensábamos que era una mierda y ahora pensamos que era un gran tipo. Es fácil hablar bien después de muertos y era tan fácil decir pestes en vida. Entonces ¿cuáles eran las convicciones, la puta madre?
No me gusta desear la muerte ni que me la deseen, puedo bromear con la muerte pero pero en abstracto. Pero si te moriste te moriste, no voy a pensar distinto de alguien por que se muera. Es como ir al velorio de aquel con el que no te pudiste reconciliar en vida ¿Qué ganas acariciando el ataúd? ¿Te acordaste de ir a verlo cuando ya no te puede ver, ya no te puede oír y, esencialmente, no te puede decir absolutamente nada?
Hablar bien de un muerto siempre viene bien porque el muerto no te puede recordar todo lo mal que hablaste de él en vida.
Aclaro, por las dudas, que no hablo del muerto, hablo de los vivos que escucho hablar en este día.
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