Hoy hice una tarta abierta. Al sacarla del horno vi en ella lo que suelo ver en su superficie en ese momento: Un hermoso mapamundi de un mundo único, con sus islas de cebolla y sus mares de hebras de queso derretidas, archipiélagos de puerro y volcanes rojizos de morrón, surcado por amarillas nubes de huevo coagulado. Un hermoso mapamundi destinado a extinguirse en porciones en muy poco tiempo, a mordiscos, nuestra cena es el apocalípsis, nuestros dientes los treinta y dos jinetes y nuestra lengua la gran ramera que jugueteará con los restos de ese mundo único, irrepetible y efímero. Y se me dió por pensar ahora que las pizzas son mandalas coloreados con quesos, fiambres y aceitunas, y aquí ya podría hablar de destruir nuestra armonía con el universo, pero no quiero ni pensar ni escribir. Es demasiado.
viernes, 26 de octubre de 2012
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