El Negro Machete mira resignado. En su chaqueña vida hubo tanta miseria, tanta rabia, tanta resistencia, tanta lucha…. Tantas luchas. Pero ahora mira el Impenetrable y está cansado. Su machete descansa en el tronco tumbado del quebracho en el que tantas veces se aposentó para preguntarle al atarder cuándo sería el día.
Más de una vez, luego de las injustas luchas, creía haberlo alcanzado mas otras tantas veces se alejaba de sus manos como que allí era por Dios mezquinada. Hoy no era distinto a todas esas otras veces, pero esta vez Negro Machete, por primera vez estaba cansado. El machete, siempre afilado, siempre listo como un boy scout, reposaba brillante en el cadáver del quebracho. En la dureza y la urgencia del metal brillaba una guerra fría siempre deseosa de explotar en yugulares tajeadas.
El machete quería un poco más, pero su dueño se sentía extenuado esta vez. A sus casi sesenta años sentía que haber puesto el cuerpo y el alma en la calle había sido en vano. No podía creer que todos esos hijos de puta una vez mas volvían a hacer sus tropelías y para colmo legitimados por el mismo pueblo por el cual puso a su servicio su dignidad y hombría. Sinceramente no lo podía creer. “Que esta vez pongan el cuero todos esos gauchitos de monoambiente” – cavilaba de a ratos -. “Esos pendejos pisan la calle y se cagan encima” – cavilaba de a otros - .
Estaba agotado el negro. Una vez más acudía al oráculo de su terruño, a ese ardiente y quimérico atardecer que hurgando entre las vísceras del sol muriendo quería decirle algo al Negro y éste por bruto poco letrado le costaba adivinar lo que allí se anunciaba. Por eso necesitaba muchos atarcederes para captar el mensaje. Pero esta vez sentía que necesitaba no varios días, sino varias estaciones, una primavera, un verano, un otoño tal vez, para entender cómo proceder. Sólo lo entendió con la extensión del tiempo. Estaba viejo, nada más y nada menos. Su cuerpo feroz y nervioso pedía cuarteles de invierno. ¡¡Pasar el invierno! Justo la frase de uno de esos hijos de puta. Y es que los nombres, los partidos y los procederes cambian, pero al fin y al cabo te das cuenta que son siempre los mismos.
El Negro Machete nunca fue distinto y siempre estuvo del otro lado de esos infames traidores a la Patria. Si, la extensión del tiempo le decía que estaba viejo, cansado. Pero también algo, desde otro lugar le decía otra cosa. Y es que cuando se iba el cadáver del Sol un fuego adentro suyo no dejaba de arder como un Vesubio dispuesto a destruir mil Pompeyas. El último atardecer de su consulta su cuerpo seguía cansado, y él se sentía viejo.
Aquella vez sería la última consulta al atardecer sobre qué hacer. Se lamentó haber esperado demasiado a que el atardecer le de una respuesta cuando la misma estaba en el fuego que ardía en su alma, en el brillo pulido del machete afilado como la lengua de una yarará. Su cuerpo haría lo que pueda y en su hora blandirá el machete con la fuerza que tenga pero el día de la lucha, que el fuego del Negro Machete queme las sombras de todos esos hijos de puta. “La Patria es el orto” “El amor ha sido desvirgado por el odio” – dijo una y otra vez como un canto guerrero –.
Agarró su machete y fue a prepararse para morir en la calle cuando todo ocurra una vez más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario