No quiero irme
sin escribir tu sonrisa antes de que la rutina del día a día borre el pequeño
microcosmos de felicidad que tuvimos. Agradezco el infortunio de un cordón
desatado que me llevó a poner mi zapato en el peldaño de entrada de tu edificio-.
Desconocida mujer, agradezco que me hayas querido cobrar el peaje por usar el
acceso a tu morada para atar mis cordones. Y no, no me pidas perdón por querer hacerme una
broma a mí, ave de paso en tu vida. No me pidas perdón por hacerme reír mientras
vos llorabas por cosas de tu vida que quizás nunca sabré. Es que hacer reír en
medio de las propias fisuras es una de las dimensiones más bellas de eso de “ser
humano”. Llorabas, por eso mismo necesitabas reír. Recuperando los reflejos te pregunté
el precio que debía pagar por el servicio prestado por tu peldaño. Me pediste
un departamento y yo te lo concedí bajo la condición de que primero debería
ganarme el quini 6. Y te reíste. Y yo también. Y reímos de verdad, sin ninguna
impostura, reír por reír, olvidar por unos segundos lo rotos que podemos estar.
Y te dije “estoy contento de haberte podido hacer reír”. Y al final nos abrazamos. Nos detuvimos unos
breves segundos en el tiempo en ese abrazo de dos desconocidos que solo
necesitaban la risa como remedio. Y espero que estés bien, querida desconocida.
Yo escribo para no olvidar ese breve espacio en que unimos nuestros pedacitos y
ojalá, quien sabe, volvamos a reír alguna vez.
09/07/2026
No hay comentarios.:
Publicar un comentario