Adentro del bar ya no pasaba nada interesante. Los borrachos más iracundos ahora lloraban abrazados arrodillados sobre el paño verde de la mesa de pool. Inconsciente, un tercer beodo yacía desmayado en el suelo, a su lado, un taco de billar partido en dos indicaba que se había partido en el cráneo del susodicho. Otra gente yacía dormida en las sillas, otros balbuceaban tonteras que no se entendían y otros, con mala suerte intentaban pedir una copa más, pero no podían. Hasta esa hora me entretuve mirando la pelea, más divertida y más gratis que un combate de pugilato. Solo mirando ese cuadro pude soportar la catarata de egocéntricas palabras que una pegajosa damita me derramaba con tal de que la invite a un trago y quizás algo más... si le invitaba otro trago, cosa que no hice, dado que esa mujerzuela adolescente me apetecía menos que el whisky que aquí ofrecen si uno no indica algo en especial. Me levanté del taburete, pagué al mozo lo que le debía de la noche anterior. Suelo quedar debiendo el día presente porque me da placer abonar el pasado. La chiquilina vio que estaba perdiendo la contienda. Cuando gané la calle me preguntó si quería que la viole, que se dejaba gratuitamente. Le manifesté que su consentimiento me lo impedía y puse mi pie izquierdo sobre el pavimento, luego, hice lo mismo con el derecho. Aterrizaba en una nueva y sórdida dimensión de la noche. Me dice a mí mismo susurrando: "Jazz de hongos". Esa fue la imagen que se adhirió a mis sentimientos al ver la noche, al ver el callejón. Se respiraba una podrida humedad de tanque australiano abandonado repleto de verdín. Poco aire, poca vida, irrespirable abulia, olor a queso rancio y a fruta pasada de madura. Hogar de hombres sin hogar. Peatonal de escaparates rotos y vacíos que ofrecen heridas en donde reposar al menos una noche. La música, la música que ni en la más atroz miseria suele faltar. Una trompeta oxidada tocada por un anciano con más años que la injusticia eructaba notas mal digeridas que caían sobre sus zapatos. Un nenito en edad de merecer hacía de un tarro de dulce de leche vacío un tamborcito que tocaba con las palmas de las manos. Un gordo infinito de panza insoslayable hacía de contrabajo escuerzo desde su cómodo somier de bolsas residuales. Susurré otra vez: "Tanta miseria sólo merece la miseria". No quise arruinar ese paisaje perfecto con alguna fortuna. Por toda propina les dejé un escupitajo de nicotina en el sombrero, las monedas, por supuesto, me las llevé. Si no me persiguieron por robarles el botín fue porque, sencillamente, la música los hacía desaparecer de este mundo. No pude evitarme susurrar con el corazón estrujado otra vez: " Jazz de hongos, olor de comadrejas comiendo pollitos gordos". La niña insistió conmigo nuevamente rogándome que la viole, mas hice que no la escuchaba, seguí caminando, la grotesca orquesta me había irritado demasiado, pero no sabía muy íntimamente el por qué. Caminaba tratando de ganar alguna calle que tuviera algo de aburrida cordura. Parecía mentira, pero la ramera adolescente venía corriendo hacia mí, rogándome a gritos dementes que haga lugar a su petición , como si yo fuera un milagroso icono religioso. Seguí caminando pero otra vez me alcanzó y se puso frente a mí arrollándose . No me quedó otra que detenerme. “Una buena oportunidad para prender mi último cigarrillo” - pensé, y lo hice. Adoro cuando pensamiento y acción se sincronizan tan maravillosamente. Ella prendió un paquito que sacó de su culote, le convidé fuego. Al minuto comenzó a decir una y mil boludeces pornográficas, cagándose de risa, mientras desparramaba su menudo cuerpo en un colchón de bolsas de residuos repletas de mugre. Suerte que estaba ocupado en mi cigarrillo, la hubiera estrangulado sino. Para entretenerme un poco di media vuelta y mientras miraba el callejón en perspectiva me puse a delirar. Imaginé que este podrido callejón era una larga y gótica catedral de mugre, que los músicos ejecutaban música sacra sacrílega, que yo era un santo miserable y sordo, un farsante intermediario entre las plegarias de los crédulos y la voluntad de ese dios absurdo e inexistente. Harto habido en la cuenta de que me encontraba harto borracho, la maldije y le rasguñé su rostro pasado de rosca y marihuana. No se que excusa le pondría a su maestra mañana, cuando vaya a la escuela. La noche con sus emociones terminaba. Me fui a dormir a casa, mañana me esperaba mucho trabajo en el concejo deliberante, mañana por la tarde había sesión, pero primero iba a denunciar a esa orquesta por ruidos molestos.
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