jueves, 11 de febrero de 2010

LAMENTOS DE UN FILOSOFO

He allí toda mi absurda filosofía, un cúmulo de densos volúmenes apergaminados en los anaqueles de roble. Miles de hojas escritas por mi mano derecha ya avejentada y dolorida. En el escritorio duerme ya por siempre mi pluma marchita de tintas resecas que recorrió esas hojas raspando su blancura con trazo de noche y tinieblas. He allí, repito, mi perfecto sistema de pensamiento que algún día será perfectamente refutado, eso siempre fue así y no lo podré evitar. Toda la historia de la filosofía ha sido siempre un juego de pretenciosos queriendo tener la razón, yo me incluyo entre ellos, ya es tarde para mi ser otro distinto. He allí mi gloria durmiendo en el polvo que se acumula sobre sus hojas, mi inmortalidad, mi medio para trascender más allá de mis carnes cuando ellas ya sean abono de la tierra y de sus flores.

Descritas en esas hojas están mis horas mirando las estrellas y el ondear de los cipreses susurrantes en el viento, mis monólogos de loco enfático sentado en la fuente circular del cementerio, el tañer del laúd en los ocasos anaranjados, mis ojos extraviados en un punto que nadie veía, en un detalle que lo contenía todo, en una clave que abría las puertas que nadie quiso profanar. Nada escapó a mis devaneos, mi pluma no perdonaba la indiferencia a lo distinto, a eso distinto que yo veía y que ahora todos podrán ver al leer mi obra de aquí en adelante.

Todo lo que he pensado y sostenido esta en esos libros, solemnes y respetuosos, cada verbo en su justo lugar, el adjetivo irremplazable, el adverbio sutil, sujetos diversos, predicados desparramados. Podrán mirar allí mis garabateos apasionados en la hoja, escupiendo las ideas de fuego que dentro de mi mente copulaban entre si lujuriosamente dando a luz a otras ideas nuevas. Esas ideas, que yo pretendía que todo lo expliquen, las fui hilvanando desde mi juventud con paciencia en un solo cuerpo, en una sola teoría que me identificara de ahora y para siempre. Toda mi vida le dediqué a ella, fui su amante más fiel y celoso, su ángel guardián, su padre. Ahora ella es mi madre, la que me dará a luz en el futuro... Hela allí, ocupando su lugar, esperando ser leída por alguien más aparte de mí.

Y ahora, cuando todo lo he dado por concluido, que todo lo pude unir irrefutablemente de tal modo que ni siquiera yo puedo deshacer mis propios criterios le digo a todos esos vanos libros:

¡Por qué ustedes, mis ideas, no me explican este dolor!

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